Nunca fui yo una persona muy mística y cuando hace ya casi par de años emprendí el Camino de Santiago no iba en busca de espadas, iluminación, o nada más que demostrarme a mi misma que podía hacer lo que se me planteara hacer. Que si un día una idea te parecía loca y lejana era solo porque uno lo juzgaba ‘loco’ o ‘lejano’, pero era posible, si uno realmente tenía ganas de hacerlo. A pesar de ser siempre la última en las caminatas de los scouts y no ser muy dada al ejercicio, si quería caminar 7 días podía.
Si el resultado del camino terminaba siendo encontrar espadas o tener algún momento místico bajo el camino de la vía láctea barbaro, si encima encontraba el oro de los templarios aún mejor. Pero no buscaba nada de eso.
Este fin de semana reflexionaba que a pesar de no haber tenido ningún momento iluminista, sí hubo algo que aprendí en el camino. Quizá yo que tiendo a ver las cosas desde un punto de vista demasiado holístico no me doy cuenta de algunas cosas que aprendo hasta que pasa el tiempo, hasta que las integro a mi yo. Creo que en el camino aprendí a valorar lo casuístico, los encuentros al azar, cuando uno sin cargar con su historia personal, ni cargar con la del otro comparten un rato, quizá unas horas, en donde las vidas se cruzaron ahí. Resulta que de esa forma conoces gente que en otras condiciones de la vida no hubieras conocido. Aprendes del mundo y de vos.
En el Uruguay en el fondo somos todos muy parecidos – sin ánimo de ofender la individualidad de nadie – o mejor dicho, se movía uno quizá en círculos de gente parecida, también llamada GCU (Gente Como Uno). Dime con quién andas y te diré quién eres. Ames en ese sentido fue un poco abrir la cabeza a gente mucho más diversa. Pero con cierto terreno común también, ya fueran etapa de la vida o inquietudes académicas, cierto espíritu aventurero o lo que te hubiera llevado allí.
En el camino en cambio, quizá estabas caminando al lado de alguien parecido, quizá no, lo único que te unía era que el mismo día coincidías caminando la misma ruta al mismo tiempo. Sin embargo recuerdo de alli gente con mucho cariño por más que haya compartido solo algunas horas o como mucho algunos días con ellos. Quizá crucé conversaciones tontas con algunos, quizá conversaciones muy profundas, pero siempre quedaba esa idea de que si bien podías no tener nada que ver, igual podías compartir algo, incluso así valía la pena haberse encontrado. De la mayoría no me acuerdo el nombre, me acuerdo las caras, me acuerdo el momento que compartimos. Desde entonces escucho mi música siempre en random y algunas veces el tema que suena es el absolutamente adecuado al momento (y en otras por supuesto no). Aprendí que las cosas importantes no necesariamente son las que duran para toda la vida. Las cosas importantes son las que te impactan de alguna manera u otra y que llevas siempre contigo por más que hayan sucedido durante poco tiempo.
La reflexión venía mientras explicaba a una amiga porque me gustaba esta cuestión de los couch-surfers. En cierta forma es un poco continuar eso del camino, de encontrarte con gente diferente, o de jugar del otro lado y albergar al caminante. Este año estuvieron por casa ya 3 viajeros, una francesa DJ con quien me lo pase muy bien realmente, por motivos profesionales ella tenía que visitar muchos bares y yo confieso haberme divertido mucho en el mundillo de los DJs. También estuvo un portugués que era personal trainer y chef - que cocinó dos muy ricas cenas, pero de correr pasamos ;). – . El tipo venía equipado con una guía del underground chicaguense, así que también hicimos seguidilla de salidas a sitios que seguramente no hubiera conocido de no ser por él y también me resulto muy divertido. El finde pasado se quedo en casa otro portugués, fotógrafo profesional que andaba de conferencias y afín promocionando su trabajo en búsqueda de alguna oportunidad de exponer o hacer un libro. Las fotos me parecieron un tanto surrealistas cuando las vi online, pero luego nos hizo una presentación de su trabajo en que explicaba su idea, o lo que quería transmitir mientras veíamos las fotos, y realmente fue súper interesante, ahí veías las fotos de otra forma, por sus ojos.
Albergar couch-surfers siempre me resulto una buena experiencia por más que algunos ratos confieso preferiría llegar a casa y tirarme en mi sofá, pero el mismo estaba ocupado. Hay gente con que haces clic enseguida y que no tenés que hacer un esfuerzo, otros en que tenés que poner un poco más de vos. Creo que siempre vale la pena y hace al mundo un poco más chico. Es un sentimiento que me nació en Ames y que esto lo continúa, de que el mundo no es ya un espacio enorme y desconocido sino que ahora es gente y lugares y tradiciones que uno entiende un poco más y por ende disfruta y valora más.
Mi amiga le llama a esto del couchsurfing ‘tu proyecto filantrópico’, pero en realidad yo creo que uno tiene un interés en el tema, el interés de ver el mundo por ojos ajenos, el interés de poder vivir otras vidas por un ratito y ser parte de otros mundillos, o imaginar dar la vuelta al mundo con 20 dólares por día – como dice Sabina eso de vestirse en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré.
Los diamantes duran para siempre, inmutables, y supuestamente por eso son tan valiosos. Quizá esta bien para las piedras, pero cuando hablamos de gente, para mi inmutable es malo y hay cosas que transcurren en el orden de días o meses que quizá valen tanto o más.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment